Décimo quinta entrega:
La noche de las
alpargatas
Soto,
el mecánico de Las Chimbas, le había contado que Gala tenía apuro de pasar por
lo de su tía de Giagnoni. Por eso, Juano camina sobre una calle de tierra y
recuerda que la tía Ricura era, tal vez, el único pariente vivo que le quedaba
a su mujer en esos lugares. También piensa que es muy probable que ella ya no
esté en la casa de la tía, aunque la esperanza de encontrar una respuesta, una
mínima pista hace que sus pasos avancen con rapidez.
Ricura es la menor de las hermanas del
abuelo. Gala siempre contaba que era tan golosa de chica que se dormía todas
las noches con un caramelo de leche en la boca, a escondidas de la familia. Una
mañana se despertó y no podía hablar porque se le habían pegado los dientes. Cuando lograron abrirle la boca con un yerbiado que pelaba los chanchos, la
niña gritó entre lágrimas: «Es que era una ricura». Ahora, la tía debe tener
más de 85 años.
La
noche fría se ha concentrado entre las viñas y los durazneros. Después del
granizo, las primeras fogatas aparecen a lo lejos para amortiguar la posible
helada en el amanecer. Juano se guía por los callejones con las luces del
fuego. «Debe ser por acá», se dice Juano y corta camino por unas hileras todas
embarradas. Se siente adentro de un sueño, donde él mismo se mira desde arriba tambaleando,
con los brazos caídos, entre las cañas de una orilla y una hijuela turbia de la
otra. De pronto escucha unos gritos. Dos hombres, armados con zapas, vienen furiosos
hacia él. Juano corre por entre los cañaverales que le lastiman las manos y la
cara, salta una zanja, trata de trepar un álamo y los perseguidores que no le
pierden pisada. Hasta que tropieza con otros
surcos empantanados. Juano se acuerda de Rambo, la primera, y se unta de barro
para no ser descubierto y queda agazapado, mientras aguarda el ataque. Poco a
poco, los cuadros oscuros que forman los viñedos son fotogramas de una película
de súper-acción.
Escucha las voces acercarse a la
trinchera improvisada, sin embargo él no se mueve de su posición. Los hombres dejan de
hablar entre ellos y Juano no siente más
los pasos. «Ya pasó todo», piensa. Hasta que el crepitar de las hojas y el humo
le demuestran que está equivocado. Uno de ellos ha prendido fuego la viña con
un mechero. Juano se abalanza sobre el otro que había dejado la zapa a un
costado. Se asusta tanto al verlo lleno de barro que sale corriendo, se
tropieza y se le sueltan las alpargatas de los pies. El del mechero empieza a gritar y se le
viene con la zapa en alto. Pero cuando llega a la nariz del vendedor ambulante
realiza un gesto inexplicable. Tira la herramienta hacia un costado y agarra las
alpargatas recién abandonadas. Con un solo movimiento lo desafía a pelear con
él a alpargatazo limpio.
La
película hace una pausa.
—¿Qué
le pasa, maestro?—le dice Juano medio entre risas— ¿Se ha vuelto loco?
—Callate,
chorro de cuarta.
—Amigo,
yo nada más ando buscando la casa de mi tía Ricura.
—Mirá
que no estoy jodiendo—grita el otro con asco y le tira una de las alpargatas
a la cara. Juano la ataja y le responde:
—Creo
que es de mi número—y se pone a saltar como un boxeador.
Los detalles de la pelea son
difíciles de precisar. Si Juano quisiera
contárselos un día a su amigo Santi, en su memoria quedarán errantes y
dispersos por los golpes. Desde lejos se habrán oído los chasquidos en los
hombros y las caras, aunque es imposible porque no había nadie más que ellos
dos entre esos callejones. Debe haber sido, por lo tanto, una lucha tosca y
oscura, sin los brillos propios que hubieran dado un par de simples puñales. Pero
en un momento, Juano está acorralado contra las llamas. Un insoportable calor
le abrasa la espalda. El otro levanta la mano para darle el golpe final con la
alpargata llena de barro y de sangre. Entonces, Juano alcanza a esquivar a tiempo
el alpargatazo y empuja a su contrincante hacia las llamas. El otro sale
espantado con la camisa encendida, se revuelca un poco en la tierra, corre
hasta la hijuela de agua podrida y se lanza de cabeza.
Fin de la película. Así, Juano se levanta mareado,
busca el bolso que nunca se le pierde y comienza su carrera.
Esta que partió una vez desde los Portones del Parque entre carros vendimiales
y trompetas de alegría. Mira para atrás y se dice: «Me voy antes de que empiece
Rambo II».
Cuando por fin llega a la casa de la tía
Ricura es casi la medianoche. Golpea despacito la puerta. Nadie. Mira por la
ventana y la luz tenue del televisor muestra a la tía que cabecea entredormida
en un sillón. Un perro ladra desde el fondo, aunque parece que está atado.
Juano insiste con la puerta. Se asoma otra vez por la ventana y la tía no está.
El perro ya no ladra. El corazón de Juano es un caballo desbocado, pero apoya
la oreja contra la puerta y por la cerradura intenta ver si la tía viene arrastrando
los pies. Nada. Un hierro helado se le clava en el cuello.
—¿Se puede saber qué quiere Usted a esta
hora, m’hijo?—dice la tía Ricura mientras le apunta con una Winchester del
siglo XIX.
—Tía, soy yo, Juano—dice con los dientes
apretados—. El esposo de su sobrina Gala.
—Hable más fuerte que escucho poco y veo
menos. Dese vuelta, mocoso.
—Tía—le explica Juano—. Mi mujer es la Galatea,
hija de su sobrina Chicha, casada con el Chiche.
—¿Chicha, Chiche?—duda la tía, pero
enseguida recuerda algo—. Ah, sí la colorada.
—Sí, yo soy el marido y la busco desde ayer
sábado.
La tía baja la escopeta, e intenta abrir la
puerta con la llave, pero tarda una infinidad en acertar con la cerradura.
—Pasá, nene. Debés estar muy cansado—prende
la luz del comedor y lo mira a Juano de la cabeza a los pies—. Vos tenés que
pegarte un baño urgente.
—Disculpe, tía. ¿Sabe algo de su sobrina?
—¿Traés algo rico en ese bolso mugriento?—y busca con los ojos casi ciegos.
—Sí, unas tabletas mendocinas exquisitas—Juano contraataca—¿Gala, la hija de la Chicha, ha venido a visitarla?
—¿Traés algo rico en ese bolso mugriento?—y busca con los ojos casi ciegos.
—Sí, unas tabletas mendocinas exquisitas—Juano contraataca—¿Gala, la hija de la Chicha, ha venido a visitarla?
—Claro, m’hijo, si estuvo aquí hasta recién.
Juano casi da un salto sobre sí mismo. Todas
las preguntas se le juntan contra los labios y lo hacen tartamudear:
—Le, le di-dijjjo algo de po-por qué se ha
ido de mi-mi casa.
—No te entiendo nada, muchacho.
—¿Sabe por qué me abandonó?
La tía Ricura baja la mirada y pone
suavemente su mano sobre la de Juano. Da un largo suspiro y con la voz entrecortada,
pero firme, le dice:
—Gala se fue con otro hombre.
Soundtrack: Amor se llama el juego, de Joaquín Sabina.
Soundtrack: Amor se llama el juego, de Joaquín Sabina.
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